Lo mío con las peluqueras no tiene nombre. Puedo contar con los dedos de una mano las veces que he salido de una peluquería realmente satisfecha, mirando mi reflejo en los escaparates y pensando: qué bueno, es justo lo que quería.
El domingo pasado me acerqué a un centro comercial a hacer algunas compras, pasé por la puerta de una peluquería y pensé que para cortar las puntas cualquiera vale, olvidando la primera regla de un buen corte de pelo: cualquiera no vale.
Ni siquiera me quejé, a la pregunta de ¿qué tal? Contesté con una media sonrisa, casi horrorizada y un ¿cuánto te debo? hiriente y rencoroso. Dolor, con dolor se paga. Avancé por los pasillos del centro comercial sin mirarme en los espejos, a toda velocidad rumbo a mi coche. Eso te pasa por gilipollas, iba pensando, a quién se le ocurre, ¿no has visto cómo iba peinada ella?
Pondría una foto, pero el mundo no está preparado para ver mi careto, mucho menos para verme con una peinado mix entre madrina de boda jubileta y hortera y el del medio de los Chichos. Estremecedor.
Este miércoles traté de arreglar el desaguisado y pedí cita en una superpeluquería cerca de mi trabajo. No me equivoqué, me cortaron el pelo de puta madre, o mejor dicho, arreglaron el estropicio de puta madre, porque tal y como me lo dejaron el único corte limpio que me podían hacerme era uno de cabeza. Un tajo perfecto en el cuello, la solución perfecta.
Optamos por una solución intermedia y ahora tengo una especie de melena con flequillo por delante y un corto medio largo por detrás. Vamos, que estoy apañá para este invierno. El rejón que me pegaron al pagar la cuenta fue de monumental de las Ventas en pleno San Isidro. Pero me lo cortaron tan bien que pagué con gusto y me está entrando el gusanillo del pelo corto. Si de aquí a diciembre no va quedando mínimamente gracioso, en defecto de ese corte de cabeza que arreglaría todos mis problemas, me pegaré un corte de pelo radical.
Es curioso, en la universidad cada vez que me pasaba algo malo o quería hacer limpieza vital me cortaba el pelo cortito, cortito y sentía con ese simbólico acto que empezaba de nuevo. Ahora, lo único que quiero es recuperar mi melena, porque un corte de pelo, es sólo un corte de pelo y si quieres empezar de nuevo tienes que dejarte de chorradas y actos simbólicos y actuar.
Como bien sabéis, millares de lectores míos, soy la reina del simbolismo y las chorradas, he aquí mi blog para dar fe de ello.
Lo de cortarme el pelo, esta vez, responde más a la necesidad de verme mona y tardar menos en arreglarme. Los estados intermedios, incluidos los de pelo, nunca me han gustado.
Y ahora vamos a darle caña a la casita, abrir balcones, recoger, ponerme guapa y esperar a que vengan a buscarme para acabar con las botellas de pacharán de los bares mi barrio. Mañana aquí no se curra, viva la santa patrona.
Ayer estuve trabajando en Oviedo. Llovía y llovía y aún así nos fuimos a dar una vuela y a tomar unos pinchos en cuanto acabamos. Es bonita Oviedo, aunque no tenga mar.
Oleaje le sobra.
Me encantan las moscovitas, están riquísimas. No pude evitar comprar tres bolsas y pensar que le encantarían.
A veces tengo la sensación de vivir sólo la mitad. Otras no.
En el avión de vuelta, saltó de su asiento y se sentó a mi lado, cogió mi mano y la puso sobre su más que incipiente barriga...¡menudo patadón! Pegué un grito de sorpresa ¡la miniella se mueve!
A veces tengo la sensación de vivir el doble. Otras no.
Vamos, que estoy más vaga que la chaqueta un guardia.
He flipado en el metro esta mañana, es cojonudo.
Tengo sobre la mesa "Dándole vueltas", del mismo autor. Cuando vi el precio del primero, automáticamente me regalé un segundo. Es que me encantan los dibujos de este tío. Según los abro y veo los dibujos, los quiero, sin pensar en la historia, me da igual. Lo mejor es que, luego, las historias también me enganchan.
Lupus se merece una oportunidad, sólo por los dibujos, que no le quepa a nadie la menor duda, ya lo han dicho, gráficamente es imbatible. Y a mí, además, la historia me mola.
Vivir cerca de la Fnac es un peligro. Puedo pasar por todos los escaparates del mundo, ver modelis de lujo, complementos ideales, los zapatos que justo estoy buscando y pasar de largo sólo por no tener que probármelos. Pero no puedo resistirme a dar una vueltecita por la Fnac a la vuelta del trabajo. Hoy, además de cuatro libros me he regalado el disco Los Mares de China de Tony Zenet. Hay discos que me gusta tener.
Qué bien suena, me gustan todas las canciones. Muérdeme flojito, que fuerte me matas.
Noviembre es, sin duda, un mes estupendo para la música en Madrid. Este verano me quedé con las ganas de ir a ver a Madeleine Peyroux. Tocaba en Sevilla, en Bilbao y no sé dónde más. Estuve tentada, pero no me cuadraban las fechas, así que crucé los dedos y pensé que Madrid le quedaba pendiente. Así ha sido, la veo a mediados de mes. Por supuesto, ya tengo las entradas. El programa del Festival de Jazz de Madrid de este año es bastante bueno (seguro que es cojonudo, pero no conozco a casi nadie). Me gustaría ir a ver también a Zenet, pero ese fin de semana no estaré en Madrid. Es mi fin de semana de relax y belleza, un fin de semana para mí, sólo para mí. Me lo debo por la mudanza y por tantas otras cosas.
Entre mi balcón y tu ventana...un móvil que no recuerda los números que tiene grabados. Desde el porrazo que le di, no ha vuelto a ser el mismo. Y yo que un día le quise siempre no le reconozco en una voz que ya no me habla como hablaba, en una voz que ya no me quiere. Y vuelvo a mi sitio y pienso que prefiero el silencio, a una voz que ya no me quiere.
Escuchar a Zenet es como escuchar a Miguel de Molina cantar jazz y copla a la vez. Me recuerda un párrafo del libro que estoy leyendo y que os recomiendo a todos y cada uno de vosotros, millares de lectores míos, Cuatro Amigos de David Trueba. En él, uno de los personajes teoriza sobre los motivos por los que, a su entender, a las mujeres no les gusta el jazz y a los hombres sí: la concepción melódica de la vida. No estoy muy de acuerdo, pero la explicación me ha gustado, aunque en realidad, es sólo su modo de justificarse.
A mí el jazz me gusta, no me vuelve loca, pero me gusta y me acompaña. Así que no, no tengo coartada, pero tampoco una visión melódica de la vida.
Estoy cansada y nerviosa. Todo llega. Así que voy a seguir leyendo, el miércoles llegará y entonces veremos.
Ayer una amiga me recordó que tengo oídos para disfrutar de la música, ojos para embelesarme con las cosas bellas y la risa fácil para disfrutar de la vida y de cada cosa que se pone en el camino.
Otra me recomendó no ser tan dura y tan inflexible conmigo misma.
Y otra no me dijo nada, pero me permitió tocarle la barriga para relajarme. Es miniella, lo sabía.
Y ¿qué digo yo o qué me digo?...Pues que son muchos cambios y que tampoco pasa nada por ponerse blandita o por retrasar o evitar decisiones y situaciones que, indudablemente, llegarán.
Nada del otro jueves.
Jueves...!!
Me encanta, si no movéis el culo con esta canción, como diría Rafa y digo yo: es que no tenéis sensibilidad ninguna.
Atención millares de lectores míos, este es un post cultural.
Eeh, no extrañarse. Hubo un tiempo en el que aquí se escribían post en los que hablaba de algo más que mi culo y yo, yo y mi culo. Que sí, que no fueron muchos, es cierto, pero de vez en cuando, a lo largo de estos años, he hecho mi aportación cultureta y moderna a la blogesfera. Anda que no.
Descubrí El Retrovisor hace un montón de tiempo. De vez en cuando, me acuerdo y echo un vistazo. Como hoy.
Malas noticias. Los cambios de estación son fatales para los abuelos. Trato de no ser ceniza, pero es difícil. No quiero ni una noticia mala más este año.
Este ha sido uno de los mejores fines de semana que he pasado en mucho tiempo. El cambio de casa me ha sentado genial. Mi telefonillo no ha dejado de sonar y me he pasado el sábado y el domingo en la calle. Vuelta a la vida social, a las cañas, a las copas, a las charlas con amigos, al cine, a los conciertos, a los cumpleaños. Me he puesto tan mona que, en un par de ocasiones, he tenido miedo de romperme de guapa, con toda modestia os lo digo. Si una está guapa, está guapa, ¿qué sentido tiene negarlo? Ninguno. Volver a casa dando un paseo de madrugada y encontrar sitio para aparcar el coche en tu puerta te recuerda que estás en racha.
Guapa y con suerte y sí, todavía tengo abuela.
Son esas pequeñas cosas que vienen a ocupar aquellas otras que he perdido por el camino. Todo va bien, cada vez mejor, pero ahora, tras un día estupendo, al meterme en la cama, vuelvo a sentir la nada del principio, el vacío más absoluto. Me pongo triste porque sé que se me pasará, que es una cuestión de tiempo y eso, eso es lo peor de todo: se me pasará y se perderá, lo más bonito que he sido capaz de construir en mi vida desaparecerá para siempre. Me consuelo pensando que un día dejará de importarme y que antes de rendirnos, fuimos eternos.
Me espera una dura semana de curro y de arreglos caseros. No deja de sonar el móvil: el cerrajero, el de la lavadora, el pintor...faltan cosas por rematar. Como con todo. Pues nada, rematemos.