De vez en cuando, un baño es (en verdad) justo y necesario.
Debe prepararse en completo silencio. El baño, digo. Sólo el ruido del agua al caer. Sí, lo sé, tenemos sequía. Pero de vez en cuando, un baño es (en verdad) justo y necesario. Ni una palabra, nada de música. Sólo el ruido del agua caliente que va llenando poco a poco la bañera.
Te desnudas despacio, te sueltas el pelo y te metes dentro muy despacito. Sentada comienzas a echarte agua caliente por los brazos, respiras hondo. Estrujas la esponja en tu nuca y dejas que el agua vaya dibujando ríos por tu cuello, por tu espalda; y tú los sigues hasta su desembocadura con los ojos cerrados. Te vas deslizando lentamente hasta tumbarte, subes las piernas y las apoyas contra el vaho de los azulejos. Estás preparada para la primera inmersión. Rápida, ni si quiera tomas aire. Abres los ojos y coges el champú, te llenas la palma de la mano y comienzas a lavarte el pelo. Es fundamental masajearlo una y otra vez, hasta que quede convertido en una nube de espuma; también es fundamental hacerlo con los ojos cerrados, como si no fuera tu pelo el que lavas, como si no fuera tu cabeza la que estás lavando, con cuidado, con mucho mimo. Sin decir una palabra, sin cantar porque no es la ducha. Estás tomando un baño. Te enjabonas como si estuvieras encerando un mueble antiguo, con mimo, con sumo cuidado, despacito como si al pasar la mano y enjabonar estuvieras borrando la carne que hay debajo, como si estuvieras enjabonando a otra persona. Ahora estás hecha de espuma y jabón. Vuelves a tumbarte otra vez, más despacio que antes, más lento aun y te quedas un buen rato así, sin pensar en nada, oyendo chisporrotear la espuma del champú en tu cabeza. Te relajas porque sabes que la siguiente inmersión es la definitiva y durará lo que tus pulmones aguanten. No es sólo cuestión de coger aire, es cuestión de estar tranquila. Tomas aire y te sumerges. Sientes como el agua va metiéndose entre tu pelo, abriéndolo, desenredándolo. Notas como la nube se abre y se convierte en una planta acuática, tu pelo se convierte en una maraña de algas y tú eres un pescao que se siente delfín. No se oye nada, todo es silencio, por fin, un instante en el que nadie dice ni mu. Te estás relajando y cada vez que sueltas un poco de aire, las burbujas se llevan todas esas chorradas que hacen que hoy te sientas un poco rarita. Te vas limpiando también por dentro. Y tú sigues sin pensar en nada, tus pulmones te piden salir, pero tú aguantas un poquito más, la última burbuja.
Estás limpia.
Quitas el tapón y el agua empieza a navegar por el desagüe. Te pones de pie y te das un aclarado con la ducha y mentalmente haces el recorrido del agua por tu cuerpo. Cierras el grifo. La parte acuática del baño ha terminado.
Te secas bien y te pones el albornoz. Te miras al espejo mientras te haces peinados imposibles, una cresta, un tupé, la raya a un lado, al otro, con y sin flequillo. Acabas sacudiendo la cabeza y el pelo se queda como le da la gana. Te das crema hidratante aunque casi nunca lo haces, te cepillas los dientes.
Te viene a la cabeza la imagen del día: las olas furiosas del Cantábrico vistas desde el avión.
Ahora te sientes la reina de los mares.
Te sientas frente al ordenador y te pones a escribir un post, y piensas que de vez en cuando, un baño es (en verdad) justo y necesario.

Nick Furia dijo
Debería hacerte caso, pero ya me ducharé de madrugada, sintiendo el frío y el relente de Madrid en mi piel.
Y cuando esté limpio de mí, acabaré sucio de ciudad. A veces pienso que nada merece la pena, es entonces cuando de verdad, "el baño es justo y necesario".
Buenas noches, fuerza y honor.
21 Noviembre 2006 | 10:44 PM