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La Coctelera

Katanera

Mi escapa·rate

22 Agosto 2009

Contra los hombres grises

Me he levantado algo menos jodida que ayer, pero aquí sigo, girar el cuello hacia la derecha es un dolor.

Estoy pensando en cambiar las vacaciones. Sigo en casa y supongo que hasta mañana o el lunes no me encontraré realmente bien. Creo que meterme en el coche y conducir hasta mi pueblo podría hacerlo, pero no me veo continuando hasta la playa en busca del hombrecito de mi vida. Ya veremos, es posible que haga un cambio y vuelva a trabajar a mediados de esta semana. Con los días de vacaciones sin disfrutar que me quedan podría decir que sí a uno de los tres viajes que me han ofrecido para noviembre, diciembre o enero. Hungría, Rusia o Vietnam.

El que más me apetece es Hungría, sin duda. Tengo muchísimas ganas de conocer Budapest. Me gustaría cruzar todos los puentes que unen las orillas del Danubio. Iríamos una buena amiga y yo. Nunca he viajado con ella porque las visitas a Londres, dónde ella vive, no cuentan. Hablando de todo un poco, ha pillado la gripe A. Está fuera de peligro y se está recuperando, pero joder, las ha pasado putas.

Rusia me apetece menos, pero por una cuestión puramente sentimental. Es un buen viaje y un buen destino, sin duda. Tengo una amiga que ha vivido allí muchos años, es profesora de español para rusitos, vuelve este invierno a visitar a sus amigos y tendríamos el alojamiento gratis. Sabe que me gusta el frío y me invita a pasar mucho más frío del que puedo imaginar y a conocer, aparte de las ciudades, un par de pueblos en los que vivió. Me lo pienso.

Otra de mis amigas se marcha sola a Vietnam, un mes. Quiere que me vaya con ella una semana o lo que pueda. La oferta es de lo más tentadora, sería un viaje muy distinto a los que he hecho hasta ahora.

A las tres les he propuesto lo mismo y...¿una semana en Nueva York? Una ya lo conoce (vivió allí un para de meses), otra no tiene pasta y me recuerda el alojamiento gratuito y la tercera está en rollo místico y quiere país oriental.

Lo único que saco en claro de todo esto es que voy a adelantar mi vuelta al curro. No sé dónde iré, pero la idea de pasar una semana en invierno lejos de Madrid, me resulta de lo más seductora y agradable. Acabo de llegar y ya quiero irme. Se está muy bien fuera de aquí. Empiezo a pensar que tengo depresión post-vacacional.

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El jueves estuve comiendo con una amiga que tiene una luna llena en la barriga. Sale de cuentas en cuatro días, pero está ya tan baja esa pedazo de barriga que creo que dará a luz este fin de semana. No me importa perder la porra, pero al 5 de septiembre no llega. Charlamos y lo que iba a ser una comida y un café se convirtió en una tarde-noche de no parar de rajar. Nos reímos mucho. Escuchó atenta, traté de ser lo más objetiva posible y ella me respondió con una teoría sobre lo que uno quiere a corto, a medio y a largo plazo y cómo influye en lo que sentimos por los demás. El tiempo manda o la percepción que tenemos de él.

Hubo un momento particularmente especial, hicimos la canastilla de su hija. Mientras guardaba la diminuta ropita, la esponja, los chupetes, los minipañales y alababa los modelis de la criatura, no sé qué cara debí poner, pero me dijo sonriendo, ya verás cuándo preparemos la tuya. ¿La mía? No lo veo y sobre todo, no me apetece nada. No lo ves a corto plazo, guapa. Piénsalo a medio o a largo, ¿lo querrías? No bases tus decisiones únicamente en el corto plazo, tienes tiempo para cambiar de opinión. 

Y entonces...pegó un grito, salió corriendo y mientras riendo decía ¡tengo algo para ti, lo había olvidado!

Su hija, gracias a diox, no va a llamarse Momo, pero ya tiene este libro en una estantería esperando a que lo lea. Según ella, su lectura debería ser obligatoria, al menos, dos veces en la vida. Una de niños, otra de mayores.

"Momo es una niña que posee la maravillosa cualidad de saber escuchar a los demás y que desea ayudar a la gente a humanizar sus vidas. Sobre todo cuando los hombres grises deciden apoderarse de uno de los bienes más preciados que poseen las personas: su tiempo. Porque el tiempo es vida. Y la vida reside en el corazón".

Yo siempre he sido más de la Historia Interminable.

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Así me pasó. La noche en que la niña tulipán nació, su hermano se quedó en mi casa. Estaba dormido cuando llegó. Imaginad su reacción al despertar pasadas las doce de la noche en otra casa y sin sus padres. Lloraba con tanta pena abrazado a mí que yo también acabé llorando. Lo único que se me ocurrió fue explicarle la situación y dejarle bien claro que esa noche y, probablemente, la siguiente dormiría conmigo. Dejó de llorar y con su vocecita más sensible me respondió: vale, pero cuéntame un cuento. A la una de la mañana se había agotado mi repertorio de cuentos clásicos infantiles y tuve la brillante idea de contarle la Historia Interminable. Contar esta historia a un niño de tres años y medio es...digamos...complicado. ¿Qué es una emperatriz infantil? ¿Qué es un comepriedras? ¿Qué es fantasía? Agarrarse los machos que vienen curvas: ¿qué es la nada?

Se ha convertido en uno de sus cuentos favoritos, repite las mismas preguntas siempre y si mi respuesta varía, me corrige. Hija de la Luna no le parece un buen nombre para una emperatriz infantil. Con el tiempo y como hice yo en su día, él mismo tras leer este libro, podrá ponerle el nombre que más le guste.

No recuerdo el que yo le puse aquel verano en el pueblo. Lamentablemente, nos hacemos mayores y nos olvidamos de estas cosas.

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Me he levantado de lo más habladora y ya no me duele tanto el cuello. Buen rollito.

 

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